domingo, 1 de diciembre de 2024

dream a little dream of me



Amanda Quick

Llegué a Fritzlar, una ciudad antigua de Alemania para realizar trabajos de cocina en una barraca del ejército militar. Nunca fui muy asiduo a hacer viajes, de hecho había estado viviendo en Finlandia durante ocho meses y, a pesar que tenía permiso para viajar por toda la unión europea, solo había pisado territorio en Suecia y Dinamarca. Había iniciado caminos espirituales hace un tiempo, solo ideas que quedaban en mi mente sobre cosas que podía mejorar en mi vida. Por ejemplo, una era que el Buda trataba de evitar los errores que otros cometen, el sabio aprende de los errores de los demás, pero a mí me resultaba muy difícil ser sabio, e incluso a veces cometía errores solo por el hecho de saber que podía romper una regla.

Estaba solo en la iglesia del pueblo y entré para ver desde dentro la arquitectura alemana. Se escuchaban voces por algún lado pero se podía decir que estaba solo. Me hinqué a meditar. Si podía estar 20 minutos solo contemplando algo, iba a ser capaz de conectar con la fuerza motriz del planeta. Después de un rato cerrando los ojos comencé a tener una visión.

Me imaginé que estaba en una librería donde atendía un hombre con largas barbas grises. Revisar libros es como encontrar la belleza en el entorno, solo algunas cosas nos llaman más la atención que otras, a veces no tiene que haber ni siquiera una razón aparente. En un libro alemán del 1700 encontré este manuscrito:

Mi nombre es Amanda Quick y escribo esto con la única finalidad de contar una bienaventuranza. Bajaba a un lago cercano a la iglesia donde había una pequeña canoa, el tiempo era bastante adverso porque había una neblina que cubría el lugar. Por el ánimo de creerme capaz de hacerlo, subí a la canoa y comencé a adentrarse en un camino desconocido por el río. Alguna vez, cuando pequeña, había andado en kayak pero en esa ocasión la marea me llevaba. En este caso era todo lo contrario, parecía tener bastante dominio de la situación. Llegó un momento en que parecía entrar a un espacio más abierto, no podemos decir un mar pero si casi una laguna. La neblina cubría todo alrededor y en cierto momento ya no pude ver hacía donde me dirigía.

El miedo se apoderó mí porque ya no había tierra en ningún entorno cercano. De pronto, vi algo parecido a un puerto, y con todo entusiasmo me acerqué. Habían barcos más grandes, una sensación de extrañeza me dominó. Caras extrañas hablaban, gritaban y las ropas que vestían eran antiguas, el sol iluminaba como si lo hubiera hecho en una neblina en el año setecientos, porque sí, ustedes saben que con el tiempo el planeta se va volviendo cada vez más oscuro. Subí por un pequeño muelle, y mis ropas eran bastante diferentes, chocaba con la gente, estaba perdida.

Deambulé por cinco días tratando de hablar por medio de señas. La gente hablaba un idioma parecido al eslavo, y yo les pedía un pedazo de pan por piedad pero la mayoría me evitaba. Nunca fui de pensar las cosas dos veces así que como vi que la situación era adversa, empecé a robar la comida que tenía a mano.

Llevo dos semanas aquí, conocí a gente de la iglesia y han tratado de ayudarme a entender el idioma, me dieron abrigo y comienzo a ambientarme a esta nueva vida. En ningún momento sentí miedo por no ver de nuevo a mi familia o seres conocidos. Escribo esto a la luz de una vela, y tengo una cierta certeza de que todo saldrá bien. 

2 comentarios:

  1. Imaginar desde un relato donde ademas ambos pasamos a ser espectadores de la bienaventuranza de Amanda Q. es algo casi magico e intrigante por lo demas. Un abrazo !

    ResponderEliminar

Relatos que llegan

Mi papá Yo tenía como 8 años, estábamos en el paradero que queda afuera del Santa Isabel del paradero 13 y medio, cerca del Banco Estado y l...